Sí, chaval. Desembarcamos en Normandía...En Utah el 1 de agosto. Lo primero que hice al bajar del Teruel, fue escupir al suelo, total el barro nos llegaba a las rodillas. El capitán Dronne, un francés nos miraba con media sonrisa porque sabía que podía contar con nosotros. Fíjate si acertó: En Écouché, nos vimos rodeados por la división de élite SS Das Reich, que serían como las fuerzas especiales pero Nazis. Se veía que llevaban hasta gomina debajo del casco ese de Hugo boss. Esos tipos se creían los amos del mundo, pero no sabían lo que era un comunista español con un bazoca.
Aplicamos la del enjambre: tres blindados, gas a fondo y disparar a todo lo que tuviera una esvástica. Cuando se nos acababa la munición, saltábamos sobre sus tanques Panther como si fueran toros. En el cementerio del pueblo, les esperamos cuerpo a cuerpo. Usamos las facas y los cócteles molotov que aprendimos a fabricar en el Ebro. Los alemanes gritaban de puro desconcierto; no entendían quiénes eran esos locos que les insultaban en castellano mientras les rebanaban el cuello bajo la lluvia de Normandía. Al final embolsamos entre nosotros y los franceses a miles de nazis, la bolsa de Falais la llamaron luego los periódicos.. Busca, busca!
Luego vino el sprint ¡A París!, nos dijeron. A mi, ya sabes, dime que corra con un volante entre las manos... Entramos con el "Guadalajara" en cabeza. A las A las 20:41 el Ayuntamiento era nuestro. Mi capitán, Amado Granell, entró a ver a la resistencia mientras nosotros nos quedamos fuera. París era una joya que parecía solo nuestra. ¿Cómo mantuvimos a raya a miles de nazis esa noche siendo solo unos pocos? Metiendo tiros y ruido. Movíamos los blindados de calle por calle, disparando ráfagas y lanzando granadas para que creyeran que éramos una división entera. Les repartimos libertad. Recuerdo que un parisino me trajo un trozo de queso y me llamó "héroe francés". Yo le señalé la bandera tricolor que llevaba cosida al pecho y le dije: "No, señor, somos españoles. Republicanos". Esa noche, por primera vez en años, dormimos sin olor a fascismo a muchos kilometros a la redonda. París estaba limpia.
En Estrasburgo la cosa fue distinta, salió igual de bien pero perdimos a muchos por el frío y por la desigualdad. Seríamos como veinte a uno contra los nazis. Hacía un frío que te helaba los huesos, pero Leclerc quería la catedral. Entramos como gatos, cruzando campos de minas por donde nadie se atrevía. Recuerdo a Antonio van Baumberghen. El muy cabrón se bajó del blindado, entró en el hotel Maison Rouge y se sentó a la mesa de cuatro oficiales alemanes que estaban comiendo su chucrut de mierda. Se quedaron todos blancos. Antonio cogió una jarra y les dijo en un francés malo malo: "Buen provecho, señores, la cuenta la paga Leclerc". Se rindieron sin echar mano a la P08. Nosotros mientras estábamos pasando el puente del Rin. Eso lo había jurado el general y mira. otra que nos debe.
Al final ya de todo, llegamos a Berchtesgaden, el nido del águila le dicen ahora, la guarida de Hitler. Escalamos esas montañas con el "Ebro" y el "Don Quijote" resoplando como mulas viejas. Cuando entramos en su refugio, no encontramos ni al perro, solo sus cosas. Recuerdo que descolgué el teléfono personal de su despacho y pregunté muy serio a quien lo cogiera en Berlín: ¿Está el cabo Schicklgruber en casa? Jajaja... Así se llamaba el cerdo de Adolf de apellido. Menudo cachondeo y qué sensación más beuena. Luego abebernos su bodega claro. Para que luego los niñatos nazis digan perdedores. Ganadores y bien ganadores de su jefe. Ahí estuvimos fumando sus puros, bebiendo su champán y riendo. Aunque creo que el chmpán era de Goering, o eso ponía en las botellas.
Allí, en lo alto de los Alpes, nos sentimos los dueños del mundo. Al día siguiente, sin tardar mucho la política de salón nos volvió a esconder en los libros de historia, pero el sabor de aquel vino de Hitler... el vinito de la victoria lo probamos nosotros, no ellos.
Relato basado en hechos reales.